Vivir o no vivir de la literatura

Vivir o no vivir de la literatura

 

IMG_0486En un tiempo marcado por la invitación al éxito, la fama, la popularidad y reconocimiento ajeno, avalado por algunos (o muchos) medios de comunicación, en una sociedad como la española que tiene a seis de cada diez jóvenes en el paro y a uno de cada cuatro ciudadanos desempleado y sin esperanzas de encontrar trabajo, la creación literaria se presenta como una lotería que podría tocar y sacar a las personas de su situación actual.

Pero que nadie se engañe: la popularidad es una lotería amañada. No toca porque no se gana, sino que se concede. Y cualquiera que busque en el arte (sea música, cine, danza, fotografía o literatura) el éxito inmediato está condenado a la frustración. Y al dolor, que sea temporal, al igual que el éxito es efímero. Cualquier creación cultural que no busque el prestigio (y ello es algo que solo se consigue tras una dilatada carrera) es una salida, pero no una solución.

Por eso, ni por el dolor del fracaso ni por lo efímero de la popularidad habría que sorprenderse ni hacer aspavientos.

Muchas veces me preguntan los autores jóvenes que se inician en la creación literaria qué consejos les doy para su oficio. Lo comprendo: no solo quieren escribir y comunicarse, sino publicar y que se les valore, se les considere profesionales y, por tanto, vivir económicamente de su oficio. Y la respuesta es siempre la misma: solo es necesario escribir, perseverar, mejorar y expresar cada vez mejor lo que se escribe. Contar una buena historia de la mejor manera posible. Porque escribir es un oficio que requiere técnica y genialidad.

Pero otra cosa es el éxito. En este oficio no se trata de intentar triunfar, de situarse bien en el mundo de la literatura, sino de satisfacer la necesidad de escribir, de cortar las hemorragias que producirían no llenar papeles en blanco. Pero lo de triunfar es cosa bien distinta. Todo el mundo que empieza debería leer y comprender las Cartas a un joven poeta, de Rilke.

Por otra parte, también es verdad que todo el mundo tiene derecho a intentarlo. Por poner un ejemplo, se sabe que en las escuelas de danza y en la cantera de los clubes de fútbol hay miles y miles de niños artistas y jóvenes futbolistas, pero al Bolsoi o al Real Madrid apenas llega uno o dos cada generación. ¿Por eso hay que dejar de intentarlo? No, pero nadie debería frustrarse por no salir al escenario de un gran teatro o al césped del Bernabéu. El arte es una profesión que no conoce de favoritismos ni de calidad, ni siquiera de calidad. El éxito es fruto, casi siempre, de circunstancias subjetivas inmanejables. Que Van Gogh o Cervantes murieran pobres no resta un ápice a su trascendencia histórica, ni que un autor esté hoy en la lista de más vendidos garantiza que pasado mañana no sea reconocido por nadie y se considere un fracasado.

Para que se sepa: en la Asociación de Escritores (ACE) de la que soy vicepresidente, tenemos cuatro mil socios. Y la labor que más nos ocupa, tanto en la ACE como en la sociedad de gestión de derechos CEDRO, es la misión asistencial. Bueno, pues en estos diez últimos años no hemos dado abasto para ayudar a autores en sus problemas derivados de ortodoncias, gafas, sillas de ruedas e incluso entierros, de autores que, siendo en su día muy conocidos, a la hora final no tienen o tenían ni para esas necesidades mínimas. Con ello quiero decir que buscarse la vida con la profesión de escritor es legítimo, y todo el mundo tiene derecho a intentarlo, pero apenas se pueden contar con los dedos de las manos quienes hoy viven de los anticipos editoriales, de los derechos de autor. En España es así, pero por desgracia también lo es en la mayoría de los países de nuestro entorno.

Los escritores nunca hemos vivido DE la literatura, sino CON la literatura: vivíamos de artículos periodísticos, conferencias, mesas redondas, relatos publicados en prensa… Pero todo ello ha desaparecido: las instituciones, públicas y privadas, apenas contratan cultura, y las pocas que lo hacen advierten de que no pagan sino que, simplemente, facilitan el viaje y la estancia, sin abonar el trabajo de la conferencia. Por eso cada vez es más difícil vivir CON la literatura, en jurados, actos específicos, algún artículo mal pagado, alguna liquidación de derechos de libros traducidos a otras lenguas… No. No es un buen momento, al igual que nunca lo fue, según se dice. “Malos tiempos para la lírica”, ¿se recuerda esta frase? Pues todo sigue igual aunque el arte sea en ocasiones lo que define y prestigia a un país.

Muchos escritores están buscando salidas en el guión cinematográfico, el guión de series televisivas, la autoría de obras teatrales o la docencia en talleres literarios, pero en estos casos sucede lo mismo: mucha cantera, escasísimos éxitos. Así son las cosas.

Por otra parte, también es cierto que la vanidad es necesaria para cualquier artista (al fin y al cabo, publicar, exponer, actuar o interpretar es desnudarse ante los demás para que juzguen nuestro trabajo), pero ese ego no puede ser excesivo ni llevar a nadie a auto-publicarse ni a querer publicar a cualquier precio, porque sin vanidad no se escribiría, pero publicar algo de lo que uno se arrepentirá veinte años después es peor. Lo sé por experiencia propia.

Otra pregunta que suelen hacerme es qué consejo daría a las personas que quieren publicar un libro. Y lo repito como un mantra: que no se obsesionen. Si es buena la obra creada, se publicará, hoy o mañana; o después de muerto el autor. Siempre es así. Y si no lo es, ¿para qué publicarlo? Decía que yo mismo me arrepiento de mucho de lo que he publicado. Ojalá no lo hubiera hecho. Y aunque comprendo las ansias por verse publicado, porque repito que la vanidad es necesaria en cualquier creador, aseguro, desde la atalaya de mi edad, que ninguna obra maestra se queda sin publicar y que la mayoría de los libros que publicamos son innecesarios. Si se escribe una obra maestra, se recogerán sus frutos, que no tienen nada que ver con el dinero ni con la popularidad efímera, sino con la satisfacción personal de haberlo hecho bien.

Estamos en un tiempo en el que se debe escribir si se necesita escribir, si es una exigencia nacida en las tripas del autor y es imposible respirar si no se escribe. Pero si no hay tal exigencia biológica, intelectual, creativa, no es preciso emplear tres años intensos de creación de una obra para verla después, en el mejor de los casos, tres meses en una mesa de novedades. Y asistir a su muerte posterior. Nadie encuentra hoy un libro de un autor actual reconocido que se haya publicado hace dos, cinco o diez años. Incluso grandes clásicos son imposibles de encontrar, tampoco en muchas bibliotecas públicas. Escribir es una necesidad inevitable, pero no una carrera profesional con salida laboral. Téngase en cuenta cuando se empieza o cuando se busca la literatura como solución vital.

Pero, para concluir con un apunte optimista, diré que no hay nada más maravilloso que convivir meses o años con una familia de personajes, compartir sus peripecias, sufrir o disfrutar con ellos, verles caminar, triunfar o fracasar. Todo final de novela es el inicio de una temporada de luto para su autor, hasta que encuentra una nueva familia de personajes que crearán una nueva historia. De ahí la magia de escribir, y de compartir lo escrito con los demás. Pero nada más: lo maravilloso es crear; lo posterior, es impredecible, azaroso y, por lo general, poco o nada gratificante. Por todo ello no puedo dejar de animar a que se escriba, se cree, se haga arte y se forje literatura. Aunque conociendo la realidad posterior.

Quien no conoce las consecuencias de sus actos, está condenado a la confusión. Y nada más proclive a la literatura que el ejercicio del ensayo-error. Por eso escribir es un sueño que se puede hacer realidad. Lo único importante es saber que se está soñando y que, al despertar, no hay ningún dinosaurio ahí, sino una sociedad actualmente necesitada de sobrevivir, y convencida de que el alimento espiritual, el enriquecimiento cultural, es prescindible mientras no se satisfagan las necesidades vitales.

 

Antonio Gómez Rufo

Antonio Gómez Rufo nació en Madrid (España). Entre sus novelas cabe destacar La camarera de BachLa más bella historia de amor de Paula CortázarLa abadía de los crímenes, La noche del tamarindo, El manantial de los silencios, El secreto del rey cautivo (Premio Fernando Lara, 2005), Adiós a los hombres, Los mares del miedo, El alma de los peces; Balada triste en Madrid; La leyenda del falso traidor; Las lágrimas de Henan y Si tú supieras. Ha sido traducido al alemán, italiano, holandés, francés, portugués, polaco, griego, rumano y búlgaro. Colabora en distintos medios literarios y periodísticos. Es vicepresidente de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE).

Desde sus primeros años experimentó y acrecentó su vocación literaria, a través de relatos breves, libros de poesía y letras de canciones, textos todos ellos perdidos. Estudió Derecho en la Universidad Complutense, donde participó activamente en el movimiento estudiantil que colaboró al cambio democrático. De aquellos tiempos data su primer libro, un ensayo titulado Aproximación al concepto de Revolución Cultural que no fue publicado hasta muchos años después, revisado, bajo el título de El hombre asustado. Allí se vinculó al grupo de intelectuales reunidos en torno al catedrático don Enrique Tierno Galván.

www.gomezrufo.com

(Fragmento del libro: Manual de emergencias para escritores

¿Quieres recibir el Manual de emergencia para escritores en formato PDF?

Envíanos un correo solicitando suscripción a El Desván de las Letras y te lo adjuntaremos gratis.

gestora@eldesvandelasletras.com

www.eldesvandelasletras.com

 



Share This