La radio, oírla, sentirla

La radio, oírla, sentirla

LA RADIO: OÍRLA, ESCUCHARLA, SENTIRLA

En estos momentos, cuando nos mantenemos encerrados y pendientes del flujo de información del que disponemos, quiero hacer un homenaje a la radio. Hace muchos, muchos años, mucha gente se sintió arropada por ella y ahora, nosotros debemos mantenerla porque no queremos que la radio sea una vía de comunicación en vías de extinción.

Joaquín Martín, locutor en Cope e Intereconomía, productor creativo, guionista y escritor, transmite su amor por este arte, porque sí, la radio es un arte, y nos comparte su opinión con respecto a la importancia de oírla, escucharla, sentirla. Puede que en estos momentos se convierta en compañera de muchas personas que permanecen confinadas en soledad.

Joaquín nos dice:

En un medio de comunicación como la radio la tarea de explicar, definir o describir determinadas situaciones, lugares, sensaciones, hechos y estados de ánimo es un reto altamente difícil y complicado, sobre todo si por exigencias del servicio nos encontramos improvisando ante un micrófono.
Volvamos la vista atrás en la historia de la radio para recordar nombres de legendarios radiofonistas que ejercieron su magisterio, involuntario por otra parte, solo por el mero hecho de dirigirse a una audiencia: Joaquín Soler Serrano, Boby Deglané, Matías Prats Cañete, José Luis Pécker, José Joaquín Marroquí, María Matilde Almendros, Daniel Vindel, Carmen Pérez de Lama, Alberto Oliveras, Encarna Sánchez, Joaquín Peláez, Pepe Ferrer, Andrés Caparros, Luis Arribas Castro, Joaquín Prat… y muchos otros impregnaron el radiofonismo de maestría creando escuela y época desde los años 40 hasta bien entrados los 80.

El conocimiento del idioma, la cultura enciclopédica que atesoraban, el ritmo y construcción de sus discursos, amén de su exquisita vocalización hacen que transcurrido el tiempo veamos como espectáculo la manera de desenvolverse y comunicarse de aquella élite profesional que, para remate, en raras ocasiones contaba con algún papel a modo de muleta.

Por otra parte, estilos tan diferentes entre sí como los de Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo, Carlos Alsina, Federico Jiménez Losantos y Luis Herrero debieran tenerse en cuenta en el ámbito que estamos desarrollando, si bien sus discursos están mucho más asentados en la actualidad informativa, en otra estructura de programa y diferente sentido de la comunicación. Sin embargo, yo recurriría a Carlos Herrera como puente de unión entre los dos grupos mencionados, ya que conforma una extraña especie al manejar perfectamente los recursos del radiofonista y, a la vez, los del periodismo informativo y de opinión. Añado una singularidad más acerca del oficio: tanto Luis del Olmo, como Herrera e Iñaki Gabilondo destacan en una técnica muy difícil de aquilatar, pues cuando leen, que en alguna ocasión lo hacen (publicidad, introducción de un tema, presentación de un invitado) poseen tal conocimiento de las técnicas de lectura anticipada que parecen hablar distendida y confiadamente, cuando no es así. Insisto, es el oficio.

La radio de las descripciones ambientales, paisajísticas, sentimentales, de paisanos y costumbres prácticamente ha desaparecido, puesto que todos los discursos se centran en el sota, caballo y rey de la actualidad. Las unidades móviles han dejado de verse por las calles, plazas, mercados, fiestas populares… Ahora el único esfuerzo en ese ámbito se hace para atender exclusivamente la información política y futbolística, que no deportiva. Los reporteros apenas ejercitan otras habilidades profesionales.
De todas formas, en este apartado dedicado al escaso poder de sugerir y evocar que padece la radio actual, debiera tenerse en cuenta el as que se guardan en la manga muchos oyentes avezados y exigentes, que aprovechando su situación temporal, espacial, anímica o sensorial tiran de un programa de radio para completar un momento, una cita o redondear su día. Por ejemplo un programa musical, cuyos sencillos mimbres son unas cuentas canciones y la palabra, nada más. No hay radio más económica y que mejor fidelice la audiencia.

Déjenme que les cuente una historia real que más o menos transcurrió de esta manera:
Tras disfrutar de una esplendorosa mañana de playa nuestro veraneante llega a casa para almorzar en la terraza, bajo el toldo, contemplando el mar. Prepara un plato ligero y lo acompaña con una cerveza helada Blue Moon. En la radio Joâo Gilberto canta a media voz la canción “Desafinado”. La brisa es tan fresca y transparente que en ella casi se adivina la navegación de las ondas radiofónicas. El oyente, sentado ante su deliciosa ensalada, paladeando la cerveza, dejando fluir sus pensamientos ante el brumoso y lejano horizonte marino y acompañado por la suave música que suena en el transistor se ha sentido inmerso en una atmósfera única, un universo en el que todo parece rimar. Y como es verano y después de comer le entra un poco de modorra decide echarse la siesta y seguir deleitándose con la magnífica selección musical del programa “La hora de Brasil”, que la WISM, radio pública estadounidense, emite durante toda la tarde del domingo (05-08-18. Sintonizada en la Isla de Fenwick, Delawere; en el 93,1 de la FM ). Hay quien va al fisioterapeuta, practica natación o yoga para sentirse mejor, mientras que nuestro protagonista libera tensiones y se relaja gracias a la radio, y con ella entra en un espacio onírico intangible, cercano a la ingravidez, al misticismo sonoro. Es una sensación de bienestar indescriptible.

Las endorfinas que nuestro organismo puede liberar gracias a la situación descrita y donde la radio, con su música y su voz bien “temperadas”, ha tenido mucho que ver nos ayudarán a sobrellevar las cargas que nos endosan o que de manera torpe nos buscamos en nuestro devenir diario. Posiblemente la radio, con sus evoluciones técnicas y de programación se debata de cara al receptor entre oírla, escucharla y sentirla. Y aunque ya no se lleve estoy plenamente situado en la tercera acepción. La radio está aquí para sentirla, porque de los distintos medios de comunicación es el único que altera nuestros sentidos y a veces nos acerca a la sinestesia.

Para finalizar esta reflexión quisiera incidir en que siendo un medio vivo, ágil, rápido en su capacidad de adaptación, algo se está haciendo mal cuando la radio no deja de perder audiencia y, lo peor, la gente joven, la que cuenta con menos de 25 años ni se molesta en sintonizarla, en curiosear por los océanos de podcasts. Y me pregunto, ¿La radio está sentenciada biológicamente o sabrá superar todos los retos que se le han presentado, como ha sabido hacer desde que empezó sus primeras emisiones hace ya casi un siglo?

Joaquín Martín
(Periodista y locutor)

@joaquinmartin60

La radio hay que oírla, escucharla, sentirla. Además, es una fuente de comunicación con mayor credibilidad, al contrario que otros medios donde los intereses y las opiniones basadas en subjetividades se entremezclan causando una confusión entre «verdad y mentira».



Share This